El asesino

Tan rápido la silueta se tornó persona, el guerrero aminoró el paso, dejó de correr; su corazón cada vez iba más rápido, pues lograba ver quien era realmente al asesino.
Por dentro, el guerrero empezaba a temerse lo peor, su corazón se cerraba como un puño, y no podía más que dar pequeñas exhalaciones; delante tenía a quien durante toda su vida había compartido sus momentos, a su mejor amigo, ahora convertido en un despiadado asesino. No podía separar la vista de sus dagas mientras recordaba los momentos en los que hubiese dado su vida y su corazón, por él. Sin embargo, ahora su mejor amigo, su pilar, la persona a la que una vez llegó a amar amargamente en secreto, quien había sufrido tanto como él desde tan temprana edad, debía matarlo.
Pero... Pasados unos segundos interminables, mientras las hojas de los árboles apenas lograban moverse, se dio cuenta; había llegado el momento de acabar con su sufrimiento, había aceptado tal funesto final.
El guerrero, cabizbajo, empezó a acercarse lentamente hacia su destino; la persona a la que más quiso iba a degollarlo.
Estando cara a cara, se agachó ligeramente, agarró el filo de las dagas con sus manos desnudas y, con una leve sonrisa manchada de dolor, se clavó en el pecho ambas dagas, aún sujetas por su asesino. Mientras moría lentamente, y dejando de caer las hojas de los árboles, no dejó de mirar a los ojos a su asesino. Jamás lo hizo, incluso muerto.
Nadie supo nunca por qué éste debía ser su final, ni dónde había estado su compañero durante todos esos años en los que el guerrero desaprovechó buscándolo. Lo único que sabemos, es que el asesino volvió al camino adecuado y que jamás se perdonó el haber traicionado a su inigualable compañero.